El disfraz de tenerlo todo bajo control
El disfraz de tenerlo todo bajo control
Cuando llegó el momento de elegir, yo no tenía idea de qué quería. Sentí que no me conocía lo suficiente y me frustraba no tener control de la situación. Sin la opción de un año sabático, decidí seguir los pasos de alguien cercano a mí. Estudiaba una carrera creativa, con un campo amplio y un plan de estudios interesante. Entré ese año y, por suerte, una de mis mejores amigas eligió lo mismo. No me sentía tan sola y socializar, con ella como apoyo, resultaba más fácil.
El primer año fue interesante. Además, trajo una de las bendiciones más grandes de mi vida. Otra persona muy cercana nos dio una sorpresa: estaba embarazada. Me dejó acompañarla en cada etapa y mi recompensa fue convertirme en madrina por primera vez. Desde entonces nos une un lazo especial. El día que nació esa bebé, mi vida mejoró notablemente. La universidad pesaba menos y mis tardes cobraban sentido al ir a verla. El resto del año pasó en un abrir y cerrar de ojos.
El segundo año fue la verdadera prueba de fuego. A inicios de ese ciclo, una amiga me habló de un trabajo temporal en una marca internacional. El puesto sonaba glamuroso: eventos, activaciones, manejar un carro pequeño con logo, repartir producto, conocer lugares nuevos. Pero para mí era un reto enorme. Siempre me ha costado acercarme a las personas. No doy el primer paso con facilidad. Aquí no había excusas: había metas que cumplir, reportes que entregar y evidencia que presentar.
Y aunque no lo esperaba, ese trabajo solo me trajo cosas buenas. Vencí un poco la timidez, conocí personas completamente distintas a mí que hoy siguen en mi vida y entré a espacios que nunca imaginé pisar. Me dio herramientas importantes y abrió oportunidades nuevas.
Pero nada dura para siempre. Y ese capítulo también terminó.