Cuando dejar de sentir se volvió rutina
Cuando dejar de sentir se volvió rutina
Las presiones sociales, familiares, laborales y personales pueden desgastar más de lo que uno cree. Desde mediados de ese año, empecé a sentirme distinta. Mi mamá, producto del estrés mal manejado y una alimentación desordenada, terminó hospitalizada. El problema era el azúcar; su diagnóstico estaba bajo control, pero el susto fue grande. Por un momento sentí que la perdía.
Justo en esos días, uno de mis hermanos se mudó. Había comprado un apartamento y se independizaba. Yo, que siempre me aferré a mi familia como si fueran gravedad, sentí que el piso se movía. Él se iba. Mi mejor amigo se iba. Y mi mamá estaba en el hospital. Todo al mismo tiempo.
Me quedaba en casa con mi hermana y mi mamá. Pero la casa se sentía vacía.
Ahí empecé a apagarme. Perdí motivación en la universidad. El trabajo ocupaba mis tardes, pero ya no lo disfrutaba. Me sentía atrapada, entumecida, congelada. Veía la vida pasar y yo quieta, como si no pudiera alcanzarla. Ya no me bastaba estar “satisfecha”, quería sentirme feliz, entusiasmada, apasionada. Pero nada de eso aparecía.
Era confuso. No podía explicar lo que sentía, porque ni yo misma lo entendía. Buscaba compañía, pero incluso rodeada de gente, me sentía sola. Pasaba de reírme a carcajadas con mis amigas a llorar desconsolada en el carro camino a casa. Y lo peor: lloraba sin saber por qué. Me analizaba. Me examinaba. Y no encontraba respuestas.
Pasé de dormir profundamente a no poder conciliar el sueño. De comer poquísimo a buscar comida todo el día. Todo eso que me carcomía por dentro empezó a reflejarse por fuera. Mi cara no tenía expresión. Mis ojos no tenían luz. Mis notas bajaron y culpé al trabajo. En septiembre renuncié, creyendo que eso iba a arreglarlo.
Pero no era el trabajo. Seguía sin ser feliz.
Me cansé tanto de tratar de entenderme sola, que decidí buscar ayuda. Mi mamá me había insistido en ir al psicólogo. Y tenía razón: la ayuda no iba a llegar sola. Tenía que salir a buscarla.
La primera psicóloga no fue lo que esperaba. Me abrí. Le conté mis frustraciones, mis emociones, mis vacíos. Y su respuesta fue: “no es gran cosa, todos pasan por momentos así”. Eso me rompió más. Yo ya sabía que no era la única en el mundo con estas emociones. Pero no quería ser parte del montón. No quería que me dijeran que todo era “normal”. Quería respuestas. Quería explicaciones. No regresé a la cita de seguimiento.
Fui con otra terapeuta, recomendada por alguien de confianza. Desde la primera sesión sentí un cambio. No necesariamente en el corazón, pero sí en el cuerpo. Escuchaba, tomaba notas, me tomaba en serio. Me hizo pruebas, ejercicios, preguntas. Y luego me dio un diagnóstico: episodios de depresión mayor.
No me asusté. Al contrario, sentí alivio. Al fin tenía un nombre. Una razón. Un punto de partida.