Cainofobia (Parte 3)
(Continuación)
El siguiente año trajo aún más cambios. Tuve mi primer novio. No es algo de lo que me arrepienta del todo, pero si pudiera volver a vivirlo… lo haría distinto. O lo evitaría por completo. Bueno sí, me arrepiento.
No fue una gran idea estar en la misma clase, compartir horarios, amigos, intereses, todo. Al principio parecía perfecto. Nos gustábamos desde antes, salimos un par de meses y al fin éramos novios. Pero algo no funcionó. Duró un mes. Me dijo que lo intentó, pero que no pudo enamorarse. Y eso dolió más de lo que esperaba. No solo porque se acabó, sino por cómo lo dijo: como si enamorarse de mí fuera una tarea difícil. Y encima, tenía que verlo todos los días.
Ese año fue una limpieza emocional. Reevalué amistades, me alejé de personas que no me hacían bien, descubrí quiénes sí estaban para quedarse. Nunca fui de confrontaciones, así que simplemente me fui apagando de ciertos vínculos. No dejé que nadie viera cuánto dolía, pero por dentro me sentía como si no valiera nada. Empecé a compararme, a cuestionarme. Y lo peor: cuando él llamaba en la madrugada, yo respondía. Como si su voz a deshoras tuviera más peso que mi amor propio.
Tardé mucho en superar esa historia. No tanto a él, sino a lo que la forma de dejarme activó en mí.
Mientras tanto, mi hermano mayor, el primero en irse, anunció que se casaba. Ya tenía pareja desde hacía un tiempo, pero la noticia nos llegó de la nada. Él siempre fue reservado. La conocimos poco después y fue todo muy natural. Se integró bien, nos cayó bien, se sentía como si ya la conociéramos.
La boda fue sencilla, íntima, y muy simbólica. Compartimos con su familia, viajamos, nos conectamos con una cultura distinta y, para mí, profundamente familiar. Fue uno de los viajes más bonitos que he vivido. Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz. Calles tranquilas, gente sin pretensiones, un lugar donde no importaba qué carro manejabas o qué ropa usabas. Sentí que ahí no tenía que estar demostrando nada.
Volvimos en enero. Y con eso, llegó el inicio de mi último año de colegio.
De pronto todo era final. Último recreo, última clase, última ida a comer con mis amigas, últimas fotos con uniforme. Cada mes traía algo nuevo, pero también un cierre. El aire se sentía distinto. El vértigo de tener que elegir qué estudiar, a dónde ir, con quién. Me daba miedo cerrar una década de certezas y empezar una hoja en blanco.
Y aunque ahora sé que no todo fue tan grave, en ese momento cada decisión parecía irreversible.
Tal vez por eso empecé a escribir todo esto.
Lynn Ramos
(Esto no es un blog, no me leas)