Cainofobia (Parte 2)
(Continuación)
Mi hermano mayor fue el primero en irse. Se fue a estudiar una maestría al extranjero. Yo tenía 10 años y, aunque mi relación con él era más pasiva, su ausencia se sintió fuerte. Él era quien compartía conmigo el gusto por el deporte, quien me enseñaba cosas que mis amigas no sabían. Cuando se fue, mi hermana y yo le dimos nuestros peluches favoritos y una foto, como si existiera la posibilidad de que se olvidara de nosotras.
Me aferraba tanto a mi familia, que no entendía el concepto de “hasta pronto”. Con el tiempo, me acostumbré a que no estuviera, y mi vínculo con mi otro hermano se volvió más fuerte. Siempre fuimos parecidos. Compartíamos intereses, humor, formas de ver el mundo. Él jugaba fútbol conmigo, rompíamos cosas en casa sin querer, me pedía ayuda para escoger su ropa, y los domingos me invitaba a su cuarto a ver partidos de tenis, explicándome cada regla con paciencia. A pesar de la diferencia de edad, se volvió un cómplice, una especie de mentor. Me sentía vista, escuchada, protegida.
Pero, cerca de mis 16, llegó otra despedida. Ahora era él quien se iba. Entendía las razones, pero la tristeza era inevitable. Decían que solo sería por un año. Yo no sabía si creerlo. La experiencia anterior me decía lo contrario. Fuimos con él a dejarlo. Ayudamos a armar su nuevo espacio, conocimos la universidad, todo iba bien… hasta el momento de despedida. Yo regresaba a mi rutina. Él, a un país desconocido, a empezar de cero.
Ese año pasó más lento que de costumbre y, aun así, fue uno de los más felices. Me sentía bien en el colegio, tenía amistades sólidas, empezaban las interaulas, los primeros enamoramientos, los viajes con amigas. Era la mezcla perfecta entre infancia y adolescencia.
En medio de esa felicidad, llegó otra noticia: alguien muy cercana a mí estaba embarazada. Era joven, apenas comenzando su vida adulta. Aunque hoy lo veo como una bendición absoluta, en ese momento el ambiente se llenó de preocupación. Con el tiempo, todo encajó. Hoy, su historia es una de las más lindas que conozco, y lo que empezó con incertidumbre se convirtió en una de las grandes alegrías de mi vida.
Pero en ese entonces, representó otro cambio. Una más que se iba, esta vez con una nueva familia, en otro país. Y aunque sabía que no se iba para siempre (spoiler, han pasado 18 años y no ha regresado), la sensación era la misma: me estaban quitando un pedacito de hogar. En menos de un año, se habían ido mi hermano y ella. Y yo, que siempre sentí que mi familia era mi gravedad, me estaba quedando sin anclas.
(Continuará… o no. Porque esto no es un blog, ¿recuerdan?)