Cainofobia (2013)
24 de enero de 2013
La vida no es estática
Cainofobia. Cuando me dicen una frase como “tenés toda la vida por delante”, más que darme consuelo, me asusta. Soy una persona extremadamente introspectiva y con un gran miedo al cambio, de cualquier tipo. El problema es que a medida que crecemos, llega un punto en donde ya nada es constante, todo empieza a transformarse. Nunca había anhelado tanto la niñez como el día en que finalmente entendí lo que significaban las responsabilidades.
No hay postura más cómoda que depender —en todo el sentido de la palabra— de alguien más. Y es lógico. Durante la infancia, e incluso en la adolescencia, cuando lo único que buscamos es independencia, no somos realmente dueños de nosotros mismos. Alguien más responde por nuestros errores, alguien más vela por nuestro bienestar. Aunque hay quienes juegan a ser rebeldes, la primera parte de nuestra vida somos títeres, con alguna que otra libertad para tomar pequeñas decisiones propias. Pero cuando llegan las importantes, las realmente trascendentales, no estamos preparados. O al menos, yo no lo estaba.
Y no es solo por comodidad que anhelo esos días en donde las decisiones más importantes se limitaban a qué comer en el recreo. Es por miedo a equivocarme y afectar mi futuro. Pasamos de vivir una rutina acogedora a estar completamente solos frente al mundo. Tal vez suene exagerado, o extremadamente sensible, pero así es como lo viví. Pasé de ver los mismos rostros conocidos todos los días, a un salón lleno de completos extraños con historias muy distintas a la mía. No es que ser diferente sea algo malo, pero adaptarse a un cambio tan brusco no es fácil.
Tal vez debería contar mi historia primero. Vengo de una familia incompleta por la ausencia de una figura paterna. Su ausencia no fue por decisión propia, si entienden lo que quiero decir. No tuve una infancia tormentosa, ni crecí en un ambiente disfuncional, todo lo contrario. Pero ese vacío dejó muchas huellas en mí, muchos cabos sueltos que sigo sin resolver. Su partida también implicó la pérdida del resto de su familia. Por razones ajenas a mí, dejamos de tener relación con ellos, lo cual en su momento fue una decisión acertada. Pero a mis ojos infantiles, fue otra pérdida.
Me aferré a lo que me quedaba: una mamá fuerte, hermanos y una familia extendida que me cobijó. A los cinco años perdí a otro ser querido, y aunque no tengo recuerdos claros de él, su ausencia marcó a alguien muy importante para mí: una de esas pérdidas que desencadena enfermedades silenciosas.
Tal vez ya llevaba cierta desventaja con los demás. Y aunque agradezco no haber vivido conscientemente esas ausencias, mi mente de niña quería respuestas. Observaba a mis amigos interactuar con sus padres y me preguntaba si alguna vez podría sentir eso. Con el tiempo, me acostumbré a los momentos incómodos cuando alguien preguntaba por él. Aprendí a dar respuestas breves y a aceptar que no había explicación suficiente que pudiera llenar ese espacio. No me quedaba más que confiar en algo más grande que yo.
Pero madurar también implicó notar que quienes más quería empezaban a construir sus propios caminos, caminos que a veces implicaban distancia. Me dolía entender que las dinámicas cambian. Que nada es eterno, aunque yo lo deseaba con todo el corazón.
(Continuará… o no. Porque esto no es un blog, ¿recuerdan?)