Aprendí a elegirme sin sentir culpa
Aprendí a elegirme sin sentir culpa
Después del diagnóstico, empecé terapia constante. También me recomendaron visitar a una psiquiatra para acompañar el proceso con medicación. Lo hablé con mi mamá y acepté. En ese punto necesitaba toda la ayuda posible para salir adelante. Tomé antidepresivos, reguladores de sueño y seguí yendo a terapia. Poco a poco, todo parecía encaminarse.
La terapeuta fue clara: la carrera que estaba estudiando no me hacía feliz. Y en ese momento, era más importante recuperarme que seguir un camino solo por inercia. Me recomendó dejar la universidad. Lo hice.
Aceptarlo fue difícil. La mayoría de las personas que dejan una carrera entran inmediatamente a otra. Yo no tenía idea de qué quería. Salirme significaba quedarme frente a mí misma, sin distracciones. Ese mismo mes me quedé sin trabajo y sin estudio. Al principio sentí alivio. Me quité un peso de encima. Tenía todo el tiempo del mundo para mí.
Pero ahí apareció el otro lado. Sin trabajo, sin clases y sin obligaciones, no tenía razones para salir de casa. A veces ni siquiera para bañarme. Mi mente, que siempre ha sido intensamente introspectiva, se convirtió en un cuarto sin ventanas. Me evaluaba, me juzgaba, me hundía en mis propios pensamientos.
Con el tiempo, empecé a ponerme en situaciones de riesgo. No de forma directa, sino como quien espera que algo externo decida por uno. Subía a lugares altos sin protección. Manejaba rápido sin destino. Era una manera silenciosa de querer desaparecer sin decirlo en voz alta.
Eso reveló algo importante: no bastaba con aceptar lo que me pasaba, tenía que contarlo a mi familia.
Un día nos sentamos todos. La terapeuta empezó leyendo una carta que yo había escrito. En ella no guardé nada. Abrí cada puerta. Mostré los rincones más oscuros de mi mente. Cuando terminó de leer, no quedó nada sin decir.
Las lágrimas aparecieron en todos.
Uno de mis hermanos habló primero. Dijo que siempre sintió que éramos parecidos, que teníamos una conexión especial, y que le dolía profundamente saber que yo me sentía así. Otro no podía hablar; lloraba tanto que apenas respiraba. Cuando por fin dijo unas palabras, confesó que se sentía responsable. Ante la ausencia de una figura paterna, había asumido ese rol internamente, y verme mal lo hacía sentirse impotente.
Mi mamá y mi hermana preguntaron qué podían hacer.
La terapeuta fue clara: en esta familia se había normalizado esconder lo difícil para no preocupar a los demás. A partir de ahora, había que hablar. De todo. Sin suavizar. Sin fingir.
Ese día cambió algo.
Ahí entendí el lado bueno del egoísmo.
Esa palabra que siempre vemos como negativa. Pero ser egoísta, en ese momento, significó empezar a pensar en mí. Preguntarme si algo me hacía bien antes de hacerlo por compromiso. Aprender a decir no. Priorizar mi paz. Elegirme, sin culpa.
Más adelante, una persona muy importante para mí enfermó. Estuvo hospitalizada durante semanas. Y aunque fue doloroso, esos días nos volvieron a reunir como familia. En los pasillos, en las salas de espera, en silencios compartidos. Yo, que ya venía cargando tanto, sentí que la perdía. Lloraba por horas. Dormía tomada de la mano de mi mamá o mi hermana, como si soltar fuera permitir otra pérdida.
Con el tiempo, su salud mejoró. Y yo también. Lentamente. Sin grandes epifanías. Solo pequeños pasos.
No todo se resolvió ese año. Pero fue el inicio de volver a mí.
Lynn Ramos
(Esto no es un blog, no me leas)